martes, 4 de octubre de 2011

ADICCIONES: CRÓNICAS FAMILIARES QUE LAS CONFIGURAN



AUTOR: ANDREA AGRELO[1]




“...el diagnóstico humano depende de la interacción humana y... debe percibirse en la verdadera experiencia participativa. Sólo es posible decir qué clase de persona es la otra, combinando la observación de sus hábitos comunicativos y la observación introspectiva de qué clase de persona es uno mismo cuando trata con la otra.”
 G. Bateson 

Cuando uno trabaja con Adicciones, lo único seguro que va construyendo, son preguntas. Es una problemática compleja y dinámica. Se va configurando a lo largo del tiempo y es definible 100%desde y en el contexto socio histórico cultural donde se manifiesta.
Parto de concebir la familia como un sistema ya que tanto para comprenderla como para abordarla, es necesaria una mirada interactiva. Y no solamente en la definición mutua entre sus miembros, sino también desde la mirada de quien mira. Nos configuramos como miembros del sistema al momento de interactuar con la familia, por ello es fundamental  ser conscientes del  paradigma desde donde nos posicionamos.
Cada uno de los roles que allí se despliegan se definen en función de los otros roles. Y no solamente se define su función, sino también el modo de llevarlo a cabo. Es decir, para que haya un hijo desobediente, tiene que haber un padre que da una orden y no es escuchado.  Aquí se define mutuamente los roles de padre e hijo y de desobediente y desobedecido o ignorado.
Pero, y por suerte, además de la reciprocidad entre sus componentes, un sistema responde al contexto donde está inserto. Y es desde allí desde donde quiero plantear esta crónica.
 La persona es el producto de la interacción entre la familia y la cultura.
Que la familia es el agente socializador por excelencia, es un saber que todos repetimos, pero como saber no ha permanecido inmutable, sino que lo de “excelencia” se ha ido replanteando a lo largo del tiempo, la familia hoy, ya no tiene la casi exclusividad que tenía en la conformación de la identidad de las personas. Esto es así, porque hace unas décadas, el mandato cultural y el mandato familiar, coincidían y se potenciaban entre sí.
Pero luego, a partir de la informatización, se instala lo que Manuel Castells llama “la sociedad red” que constituye una cultura virtual. Y ese proceso de cambio, no fue acompañado al mismo ritmo por la familia, que permaneció en una inercia “retro” ante la vertiginosidad de los cambios.
Siguiendo la línea de Lipovetzky y su planteo de la caída de los grandes relatos. En la modernidad,  los relatos eran grandes, y eso contenía a la familia, era común escuchar frases como: “las mujeres cuando son adultas deben estar casadas” “casarse es un proyecto de vida” “una mujer maestra es una mujer respetada” “lo que dijo el médico es sagrado” “ lo que dice el sacerdote también!” “estudiar para ser alguien” “si lo dijo papá es así” etc etc
En ese tiempo por ejemplo, los uniformes no simbolizaban profesiones, ERAN profesiones.
La realidad actual se ha relativizado y NADA DETERMINA NADA EN SÍ O POR SÍ MISMO. La lectura de la realidad se ha complejizado y para hacer una afirmación lo mejor es empezar diciendo: “ y, depende…” porque para comprender se debe intentar incluir la mayor cantidad  de variables posibles, ante la situación a analizar.
Y esto en el seno de la familia también se fue gestando el cambio… aquella imagen del padre súper héroe… pasó también a relativizarse y a cuestionarse, al igual que todos los roles en la sociedad: la maestra, el anciano, el sacerdote, etc.
Es posible decir que hay un mayor grado de libertad y espontaneidad en una sociedad que hoy puede ir estableciendo constructos con mayor complejidad.
Pero visto desde el seno de la familia, la sensación es de absoluta y aterradora desprotección.
Esta situación ha sido representada a través de una metáfora de navegación, por el sociólogo David Riesman. Él plantea que  algunas décadas atrás, las familias “programaban”  legitimadas desde la construcción cultural,  el rumbo de lo que querían para sus hijos, establecían las coordenadas como con un giroscopio, y vivían.  El giroscopio les garantizaba llegar a destino y estabilizar en el caso de ser necesario, el rumbo previsto.
Las coordenadas estaban establecidas y consensuadas por el contexto, y si bien, habían variantes, también eran predecibles, y aun las situaciones no deseadas tenían sus parámetros para condenarlas y también el protocolo de acción: hasta lo “malo e inesperado” estaba previsto con el giroscopio.
Los hijos de la familia moderna internalizaban las pautas dadas por los otros significativos y podían dirigirse casi sin temor a equivocar el rumbo, con un comportamiento autónomo, dirigido por sí mismo, a partir de la incorporación casi giroscópica de un proyecto de vida.
En la sociedad actual, esos otros significativos, ya no son -al menos con exclusividad- la familia, el vecino o el compañero de trabajo.  El límite entre lo familiar y lo desconocido se hace cada vez más difuso. Surge lo que Riesman denomina: El individuo dirigido por otros, para él, lo desconocido se vuelve paradójicamente familiar, está como en su casa, en todas partes y su casa ya no es el nido, sino un lugar de paso, es capaz de intimar rápidamente con personas con las que se relaciona en forma eventual y / o esporádica.
Surgen entonces nuevas pautas en las relaciones cotidianas, en las que la expansión tecnológica cumple un papel importante, pues se  convierte en componente decisivo  de los modos  de vinculación. 
Actualmente, en lugar del sólido Giroscopio interior producto de la temprana internalización de los principios y  normas morales  impuestas por la familia, los padres de la moderna sociedad de consumo intentan dotar a sus hijos de algo así como una antena movible y superficial para captar las señales provenientes del exterior, una especie de radar capaz de registrar las reacciones de los demás para utilizarlas como criterios normativos.
La velocidad y naturaleza del cambio destituyó el modelo del giroscopio, generando una sensación de vacío, ante la ausencia de modelos y parámetros claros y precisos para valorar los aspectos de la vida humana. Y así la familia se desborda, sin entender que el nuevo modelo implica que no hay UN modelo. Ante esta situación de hipervulnerabilidad del agente socializador por excelencia, otras instituciones comienzan a tomar mayor relevancia en este proceso, y el auge de los medios masivos de comunicación y la tecnología, se implicaron como agentes socializadores nivelados con el sistema familiar, y por momentos hasta superados.
Por eso hoy, un niño mendocino tiene acento mexicano, y usa términos venezolanos o norteamericanos. Del mismo modo, un adolescente recibe una fuerte influencia de los mensajes continuos de la lógica consumista, desde donde el consumo es un imperativo para la pertenencia, y desde allí la experimentación y, en algunos casos, el desarrollo de una adicción.
Entonces, respecto al consumo problemático de sustancias, hace unas décadas atrás, las familias que consultaban eran en un alto porcentaje, familias disfuncionales. Entendiéndolas  como sistemas que no cuentan con los recursos necesarios para promover el desarrollo saludable de sus miembros.
A raíz de los cambios de los que hemos hablado, hoy la familia que consulta por problemas con el consumo, son tanto funcionales como disfuncionales. Y el abordaje debe diferenciar entre uno y otro.
A la familia funcional, el problema le molesta, necesita entenderlo y solucionarlo. Por eso consulta rápidamente a profesionales especializados o de su confianza.
La intervención tanto preventiva como asistencial en la familia funcional es directa y específica. El sistema reconoce su falencia y registra la necesidad de aprender para solucionar. Aquí es fundamental una orientación competente y, en muchos casos la derivación a terapia familiar ya que se considera que la inclusión en tratamientos con personas con adicciones avanzadas puede ser contraproducente en cuanto estigmatización de la conducta.
Pero en muchos casos, el consumo problemático detectado, implica un alto riesgo y requiere de un abordaje especializado donde se comprenda la dimensión del problema.
El criterio de inclusión de un sistema funcional o no en una institución especializada, está dado más que por el grado de consumo (que en general suele ser de abuso pero no de dependencia) por el nivel de riesgo.
La respuesta ante el tratamiento suele ser favorable. El grado de participación en el proceso es alto. Por lo que es pronóstico es muy bueno. Lo importante aquí, es que la institución cuente con estrategias para favorecer la adherencia y mantener un nivel de satisfacción positivo en el paciente y su familia.
En cambio, el sistema familiar disfuncional, aprende a vivir con el problema y se estructura y define en torno a él. Al negar o proyectar a otros la responsabilidad de su problema, no registra la necesidad de consultar. Sí de cambiar, pero sus miembros perciben que no depende de ellos. Por eso la consulta es tardía, y la intervención requiere particularidades diferenciales.
En ambos casos, la problemática adictiva es “escurridiza” y necesita respuestas precisas y diseñadas con objetivos claros y evaluables,  desde el inicio hasta el final del tratamiento. Si esto no se comprende así, es probable que familias con recursos interrumpan el tratamiento y la problemática se termine haciendo crónica por una respuesta inadecuada por parte del sistema de atención.
Aquí no se trata de conciencia de enfermedad o no, sino de generar un espacio terapéutico en donde es posible construir motivación desde la intervención del profesional. No colocando la responsabilidad de la permanencia en el paciente solamente sino en el sistema terapéutico en su totalidad. Esto implica profesionales formados desde un modelo de intervención estratégico.
Ahora bien, para intervenir en adicciones, es fundamental comprender que el nivel de riesgo es alto, por eso es que la intervención debe hacerse en dos niveles simultáneos  
UN NIVEL OPERATIVO ATENUANTE  cuyo propósito: es fundamentalmente disminuir el riesgo. La interconsulta con el área social y/o legal, la participación en grupos socio educativos, son ejemplos de este nivel de intervención.
Las familias complejas, generalmente consultan porque ha ocurrido algo que ha impactado profundamente sobre el sistema: accidentes, sobre dosis, intentos de suicidio, allanamientos, detención, etc. Esa situación provoca en el sistema una especie de “portal temporal”, un hándicap en el que el sistema es vulnerable y abierto a la intervención. Están en una especie de shock que ha producido el evento impactante, y el terapeuta adquiere un alto nivel de maniobrabilidad, por lo que es fundamental  aprovechar ese momento para intervenir con directivas precisas que erradiquen o disminuyan el nivel de daño que se está provocando en el sistema. Es un tiempo corto, ya que el sistema tiende rápidamente a configurarse como antes del evento.  Esas intervenciones generalmente deben ser planteadas interdisciplinariamente para adquirir mayor efectividad, e incluso es frecuente la intervención o al menos la mención de la posibilidad, de lo judicial en situaciones de abandono grave, o maltrato, abuso, etc.
En las familias con recursos suficientes y disponibilidad para el cambio, la intervención tiene que ver con el consejo breve, directo y preciso en relación a la conducta que se evidencia como de mayor riesgo.
UN NIVEL ESTRUCTURAL cuyo propósito es fundamentalmente modificar las condiciones del sistema que mantienen la problemática adictiva. La psicoterapia, el control clínico y psiquiátrico, son ejemplos de este nivel.
Es un proceso cuya duración e intensidad  si es ambulatorio o residencial,   va a depender del tiempo que lleva la familia,  estructurada con el problema y también de la flexibilidad del sistema.
Hoy, las intervenciones tanto preventivas como asistenciales deben ser coherentes con las diferentes configuraciones que ha adoptado la problemática.
Cuando las creencias sociales compartidas, constituían grandes relatos, y los comportamientos sociales estaban estipulados desde un amplio consenso, lo que determinaba el riesgo, era lo diferente: otra vestimenta, otros amigos, otros lugares, otro vocabulario, eran indicadores de que algo “raro” estaba sucediendo. Así se planteaba desde los abordajes preventivos.
Pero hoy, no sólo el riesgo es difuso, sino también los indicadores son difusos y relativos a cada situación y contexto.
Esto implica comprender que:
-          No hay un perfil de adicto identificable
-          Es frecuente que el consumo de sustancias surja dentro del mismo grupo de amigos con los que se ha movido siempre.
-          El cambio en la vestimenta y en el lenguaje responde más bien a una realidad adolescente. Los códigos que antes eran exclusivos de quienes consumían, hoy se han extendido y naturalizado como modo de comunicación
-          Las conductas identificables específicamente relacionadas con la problemática indican un estado más avanzado del problema o bien, un estado reciente, pero más que indicar lo posible, denuncian la existencia del problema: desaparición de objetos de valor, interrupción de las actividades recreativas o educativas que se llevaban a cabo hasta el momento, mentiras frecuentes, irritabilidad, ansiedad, etc.
Por ende, ante esta realidad, el adolescente de hoy, debe ser capaz de convivir con esta realidad y detectar en cada situación los riesgos particulares.
Ahora, pedirle a una familia que adopte un modelo de “radar” implica, básicamente, la transmisión de estrategias de AUTOCUIDADO y de COMUNICACIÓN SALUDABLE.  Dos elementos fundamentales para que la familia de hoy pueda ser un factor protector en relación al consumo.
La familia debe tener conceptos claros y posturas claras relativas al cuidado de sí mismo y del entorno. Ese es el genérico universal: EL CUIDADO. Más allá de cómo y dónde es el QUÉ. CUIDARSE Y CUIDAR A OTROS.
El mensaje debe ser claro: que no haya adicción (consumo ocasional, experimental, esporádico) no significa que no haya riesgo.
La familia debe poder ayudar a que  sus miembros internalicen, el constructo del  cuidado de sí y de los demás. A eso se debe apuntar en el abordaje preventivo.
Entonces, el riesgo de hoy, es difuso, no tiene nombres fijos y rígidos, sino genéricos y dinámicos.
Los profesionales de la salud tenemos que ser capaces de entregar a las familias herramientas para que puedan ayudar a cuidar a sus hijos y a su ambiente, lo que va a generar que internalicen el autocuidado naturalmente.
Desde los controles pediátricos, las vacunas, la medicación con un uso responsable, hasta la asistencia a las reuniones escolares, incluyendo el no tirar basura en la calle, son conductas básicas de cuidado de sí y del otro que el niño debe aprender desde temprana edad, básicamente con el ejemplo.
Frente a paradigmas desde donde se plantea el respeto por las decisiones personales, se producen mensajes confusos y ambiguos respecto al abordaje preventivo  y asistencial de las adicciones.
No demonizar las sustancias, no implica subestimarlas. Ni un extremo ni otro.
A la ambigüedad y relativismo radical del modelo social actual, hay que responder con coherencia y consistencia, considerando la salud como un derecho social básico.



[1] Psicóloga. Magister en drogodependencia. Fundadora y miembro Consejo de administración de “Cable a Tierra” http://cableatierra.org.ar/ Docente Titular de grado y posgrado cátedra Adicciones (UDA y UM) Jefa de Departamento y Miembro titular del Consejo académico de la facultad de Psicología, Universidad del Aconcagua(Mendoza Argentina)